Vivimos en tiempos donde una bandera, una frontera, una
religión, una idea política o hasta una camiseta distinta en la cancha nos
convierten en enemigos mortales en segundos. Basta un clic, un gol en contra o
un comentario que no coincide para que se active el modo “ataque”. Y no es solo
en las grandes cosas: tratamos con distancia o desprecio al extranjero, al que
enfrenta una enfermedad, al que tiene alguna discapacidad, o a quien vive su
identidad y expresión de género de una forma distinta. Como si ser diferente
fuera una amenaza personal.
Miren también la superioridad que nos inventamos: por
dinero, por posición social, o –la más curiosa– por “ser más inteligente”. Esa
última es casi una contradicción en sí misma, ¿no? El que se siente superior
solo por saber más suele ser el que menos libertad siente, porque cuanto más
conoces del mundo, más te das cuenta de lo frágil que es todo. Repetimos como
loros que “el conocimiento nos hace libres”, pero en la práctica nos enjaula en
juicios, comparaciones y esa necesidad constante de estar arriba.
En la cancha, una camiseta distinta basta para desear la
victoria a cualquier precio: insultos, burlas por color de piel, por “logros
inferiores”, por estatus, por todo lo que se pueda usar para rebajar al otro.
El que pierde no solo pierde el partido; se lleva la humillación pública. Lo
mismo pasa fuera del estadio: el que quiere subir en el trabajo, en la escala
social o en la política olvida formas y valores. Compite sucio, pisa cabezas,
porque el refuerzo inmediato de “ganar” es más fuerte que cualquier cosa que le
hayan enseñado de respeto.
Y las redes… uf. Despotricar a diestra y siniestra se volvió
deporte nacional. Una video-reacción es la excusa perfecta para desacreditar a
cualquiera que piense distinto. Comentarios llenos de sarcasmo, burla, frases
pasivo-agresivas o directamente machistas. La violencia virtual que empieza con
un emoji de risa burlona termina, muchas veces, en la vida real: insultos cara
a cara, agresiones, cancelaciones que duran años.
Esto no es porque el ser humano venga “preprogramado para la
guerra”. Es más sencillo y a la vez más profundo: son patrones de conducta
aprendidos y reforzados. Cuando atacamos, sentimos un chute rápido de alivio,
poder o sensación de pertenencia al grupo “nosotros contra ellos”. Evitamos el
malestar de sentirnos vulnerables, de tolerar la incertidumbre de lo diferente,
de aceptar que no siempre tenemos razón. Nos fusionamos con pensamientos como
“soy mejor”, “ellos son el problema”, “si no gano, pierdo todo”. Y ese loop se
mantiene porque funciona… a corto plazo.
El resultado es una radiografía diaria del enfrentamiento:
rivalidad en cada esquina, violencia que empieza en un tuit y termina en la
calle, competencia desleal disfrazada de “ambición”. No es que seamos malos por
naturaleza. Es que repetimos lo que nos ha funcionado históricamente para
sobrevivir en grupos, pero en un mundo hiperconectado esas mismas estrategias
nos están rompiendo.
La invitación, entonces, es simple y poderosa: observarnos.
Notar cuándo nos pica la necesidad de atacar, de sentirnos arriba, de “ganar”
aunque sea a costa del otro. ¿Eliminar esa parte? No se puede, pero si podemos
relacionarnos distinto con ella. Aceptar que el malestar aparece cuando vemos
lo diferente, soltar la fusión con ese pensamiento automático y elegir actuar
según lo que de verdad valoramos: conexión, respeto, crecimiento compartido.
Al final, es imposible ser perfectos, peor aún abolir la competencia. Pero si que podemos elegir, una y otra vez, no dejar que la vieja programación nos maneje. Porque si logramos eso, aunque sea un poquito más cada día, quizás las banderas, las camisetas y las diferencias sigan existiendo… pero dejen de convertirnos en enemigos mortales.


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